La displasia de cadera, prevención y tratamiento

La displasia de cadera es una de las enfermedades osteoarticulares más frecuentes y a la que todo propietario de un cachorro de tamaño grande más preocupa.

Realmente afecta a perros de cualquier tamaño, aunque se pensaba en principio que sólo afectaba a las razas grandes, que están ciertamente más predispuestas.

Su aparición tiene con componentes genéticos pero también adquiridos, pues es determinante el ambiente de cría de cachorro, la  superficie sobre la que camina y su nutrición, ya que la la velocidad del crecimiento es muy importante.

Las caderas son normales en el momento del nacimiento, pero un desarrollo asincrónico entre la musculatura y el esqueleto provoca que la cabeza del fémur sea forzada fuera del acetábulo. Este hecho, que afecta a componentes todavía cartilaginosos, conduce a la deformación y pérdida de profundidad del acetábulo y la remodelación de la cabeza del fémur, llevando a un proceso degenerativo. En sus inicios, la enfermedad no se manifiesta clínicamente y, lo que sí se observa y que es la principal característica de la displasia de cadera, es la laxitud articular. Con el tiempo, se producirán una artrosis y remodelación de la cabeza del fémur, deformidad del acetábulo, dolor y alteraciones asociadas como una marcha irregular, cojera, atrofia muscular y modificación de la biomecánica natural del perro.

Si el perro tiene una tasa de crecimiento lenta, esto proporciona a la cadera la oportunidad de un desarrollo normal mientras que, si su crecimiento es rápido y explosivo, habrá una mayor frecuencia de presentación de displasia y el daño degenerativo posterior será mayor. El desarrollo armonioso de una correcta masa muscular ayudará en la estabilización de la cadera.

Como hemos dicho, la displasia de cadera se diagnostica en todas las razas de perros, si bien son las más grandes y de osamenta fuerte las que muestran mayor prevalencia. En la actualidad, todos los clubes de raza descartan para la cría aquellos ejemplares cuya radiografía de caderas, a los doce meses, no cumpla los valores mínimos definidos para la raza.

Tradicionalmente se consideraba que algunas, como el pastor alemán o los retrievers, tenían una mayor predisposición a padecerla pero el motivo era que, por recomendación de sus clubes, los criadores de estas razas realizaban habitualmente placas de cadera para determinar el grado de afectación de cada ejemplar, con el fin de seleccionar aquellos libres de displasia para la reproducción. Con ello aparecían muchos positivos, que a menudo no presentaban síntomas clínicos, pero podían transmitir la enfermedad. En realidad, como dijimos antes, todas las razas pueden padecerla, sobre todo las de hueso ancho como los perros del tronco molosoide, incluso algunos de pequeño tamaño como el carlino. Hoy día la mayoría de los clubes de raza exigen seleccionar para la cría ejemplares libres de displasia y, por ello, comprobamos que la cantidad de razas predispuestas es muy superior a lo que se pensaba.

Los signos clínicos varían según los individuos. Si bien en cachorros es poco común encontrar dolor, sí encontramos una marcha alterada, intolerancia al ejercicio, renuencia a subir escaleras y atrofia muscular. A partir de los seis meses la radiología es de gran valor diagnóstico. A medida que avanza en su desarrollo, presentarán dolor y claudicación, y limitación del movimiento de la cadera. A lo largo del proceso, hará su aparición la artrosis, cojera y compensaciones y dolor en grado variable, con atrofia muscular debido a la restricción del uso de la extremidad o extremidades afectadas. No debemos olvidar que todos estos factores generan un estrés adicional sobre el disco intervertebral lumbosacro y la mecánica espinal.

Aunque existen varias técnicas quirúrgicas a valorar, siempre según cada caso particular y sobre las que el cirujano traumatólogo tiene la última decisión, se tiende cada vez más, y en los casos en los que resulta posible, al tratamiento conservador no quirúrgico, es decir evitar la operación.

Al clásico tratamiento basado en analgésicos, antiinflamatorios  y condroprotectores, se han unido técnicas de rehabilitación y fisioterapia que han demostrado su eficacia a la hora de ralentizar el proceso degenerativo, controlar el dolor, promover la tonicidad muscular y una correcta marcha y biomecánica espinal. Siempre han de ser supervisadas por un veterinario rehabilitador que confeccionará un protocolo terapeútico para cada caso en particular, así como las técnicas más apropiadas según el paciente.

Como prevención, ya desde cachorro, debemos buscar ejemplares descendientes de progenitores “libres” de displasia, aunque esto no asegure al 100 % que no la vaya a padecer, si pertenece a un grupo de razas predispuestas. En cualquier caso, y sobre todo en cachorros de razas grandes, para promover un correcto desarrollo de la cadera y la masa muscular es esencial un control nutricional adecuado que proporcione un crecimiento lento y armonioso. Por ello, a partir de los dos meses y medio, es especialmente importante utilizar durante la fase de crecimiento rápido una alimentación específica para razas grandes o gigantes, con un nivel energético más bajo, condroprotección y una concentración calcio/fósforo adecuada. Es muy importante en estos cachorros de raza grande dosificar convenientemente la ración diaria en tres tomas para evitar acelerar el crecimiento.

También hemos de evitar, en la medida de lo posible, que nuestro cachorro suba escaleras, camine sobre superficies resbaladizas o realice excesivo ejercicio que pueda dar lugar a una inestabilidad en una articulación aún inmadura.

 

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